jueves, 6 de febrero de 2014

DOCUMENTALES - SYMPATHY FOR THE DEVIL / ONE PLUS ONE (ìdem, 1968) de Jean-Luc Godard






CERCA DE LA REVOLUCIÒN



* * * * *
EXCELENTE



Sólo hay una manera de ser un intelectual revolucionario, y es renunciar a ser un intelectual" Jean Luc Godard, 1968
 



Sympathy for the Devil, la pelicula del francés Jean-Luc Godard fue filmada en 1968 y tiene como transfondo el panorama político, social y cultural que se estaba viviendo en los finales de la década del 60. A todo esto le agrega imágenes del estudio de grabación de la banda numero uno del mundo, The Rolling Stones, mientras estaban grabando el disco Beggars Banquet. Lo que Godard pretendía era edificar en torno al supuesto sentido contestatario de la canción de los Rollings, un panorama de la rebelión, la sublevación y la contracultura.

Es durante la grabación de las distintas pistas que conformarán el resultado final cuando la cámara de Godard se convierte en motor narrativo permitiéndonos una mirada única a los entresijos del proceso creativo. Sin argumento preestablecido, sin más palabras que la letra de la canción, únicamente con la música que los componentes de la banda van añadiendo sucesivamente, nos muestra como el resultado final de una grabación depende del trabajo rutinario y repetitivo de unos profesionales que, en esas condiciones, se convierten en obreros de la música, demostrando que sus satánicas majestades son simplemente servidores de aquél que espera que “sepamos su nombre”.

En los finales de esos 60s, tan agitados en muchas latitudes, momentos cruciales para la cultura, para la reflexión y la critica; Godard piensa en otro estilo de cine. Tomando como trasfondo el panorama cultural de finales de los 60, Jean-Luc Godard nos ofrece en este documental un testimonio imprescindible de lo que se dio en llamar la contracultura occidental. Con un análisis profundo del movimiento de los Panteras Negras y con referencias a los trabajos de personajes tan relevantes como LeRoi Jones y Eldridge Cleaver, recorremos momentos significativos como una visita a los Rolling Stones en el estudio de grabación.

Mientras se desarrollaban las revueltas parisinas de mayo y junio de 1968, Jean-Luc Godard (París, 1930) rodaba, mezclaba y montaba una ingente cantidad de material fílmico que dio lugar, al menos, a tres proyectos independientes. Hablamos de sólo dos meses, lo que incluso para este prolífico director ­–capaz desde finales de los cincuenta de estrenar dos o más filmes por año– es asombroso. Pareciera que la situación en las calles, caótica, prerrevolucionaria, extremadamente agitada y propagandística, le hubiera poseído y que toda su necesidad de lucha se hubiera expresado por medio de una sublimación audiovisual y no a través de la acción. Godard se focaliza en plasmar los numerosos instantes decisivos de un acontecimiento histórico como Mayo del 68 en una serie de artefactos cinematográficos que se mueven entre la ficción y el documental, entre el panfleto y la obra de arte experimental; en definitiva, entre lo didáctico y lo críptico. 

Buenos ejemplos de ello son los Ciné-tracts, píldoras de cine silente de autoría colectiva y en forma de documental subjetivo a partir de fotos fijas de las revueltas puntualizadas con rótulos hechos a mano, todo rodado y montado casi simultáneamente.

La película juega, como se puede inferir de esta descripción, con los conceptos de realidad y ficción, con la mezcolanza de cine narrativo y documental, algo frecuente en la etapa política de Godard y que marca una ruptura con su periodo Nouvelle Vague. Este Godard es plenamente narrativo y ficcional, e incluso recurre a subgéneros de la narrativa, ya sea literaria o cinematográfica, como el policiaco y la ciencia-ficción, aunque el lenguaje pueda producir una cierta extrañeza a quien esté acostumbrado a la narrativa realista convencional, pues tiende a la fragmentación, deja de lado la estructura canónica de planteamiento, nudo y desenlace y pone el foco en lugares, acciones y personas poco comunes. 

También hay en One plus one otros elementos habituales del discurso cinematográfico de Godard, especialmente su profundo carácter textual –ensayístico–, reflejado en la estructuración en capítulos, la presencia constante de rótulos y la verbosidad, aunque sea asimismo fragmentario y denso. Pero lo más interesante de One plus one es precisamente su vertiente menos «godardiana» y más puramente documental: la que muestra el proceso de construcción de una canción que, para mí, está entre las cuatro o cinco mejores de la historia del rock.

La cámara gira por el estudio de grabación mostrándonos a unos hombres y sus instrumentos mientras crean musicalmente a aquel ante quienes todos nos postramos: músicos, directores, reyes y presidentes. Godard nos muestra cómo trabaja Nicky Hopkins, uno de esos músicos de sesión que quedan ocultos por las estrellas del rock y son completamente desconocidos para el gran público, pero sin cuya contribución como teclista muchas grandísimas canciones no serían lo que son. El director suizo también mira alrededor y enfoca al séquito de la banda, una chica andrógina que no para de moverse siguiendo el ritmo, un hombre trajeado con pinta de poco fiable –en esta época los sucesivos managers de los Stones se estaban peleando judicialmente entre ellos por el dinero–, y a los operarios del estudio, la única concesión dentro de este espacio al mundo obrero y politizado que tanto interesa a Godard.

Es interesantísimo introducirse gracias a la mirada de éste en un proceso a su modo muy importante, aunque no lo sea tanto como el que se desarrolla en la calle, tras las barricadas y en las asambleas. Pero es desde luego importante, y sobre todo fascinante, pues en los estudios Olympic se gestó una obra maestra, un disco impecable en el que el grupo rebusca entre las raíces populares de la música tradicional americana –blanca y negra– y le imprime su sello estilístico personal; es decir, lo que han hecho siempre los Stones. Hay delicioso country-folk («No expectations», con Brian Jones dándole a la steel guitar), sucio outlaw country («Dear Doctor»), blues acústico y eléctrico («Prodigal Son» y «Parachute Woman», que parece grabada en un sótano de mala muerte; o en las puertas del infierno), rock a secas («Stray Cat Blues»), folk campestre («Factory Girl», entre la vieja Irlanda y los territorios indios), una canción río («Jigsaw puzzle», de lejanas resonancias dylanianas, pero más de Mick y Keith que de Bob), una balada gospel («Salt to the Earth», mucho más dylaniana que la anterior) y un puñetazo sonoro con aires de raga: «Street fighting man», precisamente una canción sobre las posibilidades de la lucha política en las calles londinenses de los sesenta. 

Puede parecer una contradicción que un Godard que ha roto con los Estados Unidos y denuncia el imperialismo cultural haya ido a fijarse en un grupo que bebe de las fuentes norteamericanas –bien que de las que sacian a los humildes y no a los poderosos– como pocos lo hicieron en Inglaterra –quizá sólo superados por los Animals del periodo Eric Burdon–. Pero Godard, como buen maoísta, no renuncia a la contradicción, sino al antagonismo. Ya dijo Lenin que bajo el socialismo éste desaparecerá, mientras que la primera subsistirá. Agradecemos pues que las ideas de Godard en aquel prolífico 1968 le permitieran alumbrar un documento contradictorio en esencia, que atrae más como realidad musical que como ficción política, aunque, aviso, defraudará a quienes busquen en él un rockumentary al uso.

1968 condensó el contrapulso frenético de una fracción significativa, pero sobre todo visible de la cultura occidental, como Simpatía por el Diablo, icónico filme del emblemático realizador suizo Jean-Luc Godard, puede visualizarse como un collage fotosensible; una febril y caótica colección de ideas, intuiciones y travesías que conforman un organismo vivo y al final de todo desarticulado. En un contexto de movilizaciones sociales surgidas a escala global desde la clase media e impulsadas por un sector artístico e intelectual políticamente activo, el pensamiento marxista convivía con vanguardias literarias, musicales y cinematográficas emparentadas con orientalismos y exploraciones psicodélicas propulsadas por el uso de psicotrópicos como el LSD.

En el epicentro de esta caótica y no poco surreal guerrilla cultural a gran escala, las bandas de rock más influyentes de los países económicamente más influyentes marcaban el beat de la revolución veinteañera. Los Beatles transformaban el rock and roll y el pop de los primeros años sesenta en complejos y místicos tratados polifónicos. Álbumes como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) y The Beatles (conocido como el Álbum blanco), de 1968, saturaron de capas sonoras y letras enigmáticas los sencillos para radio que años antes sólo aludían a temas románticos. Jimmy Hendrix, Bob Dylan, The Who y los Doors entre otras agrupaciones e interpretes, brillaban en los escenarios de Estados Unidos.

Tras una oleada de éxitos que los convirtieron en una de las bandas de rock más importantes de la escena mundial, en marzo de 1968, los Rolling Stones ingresaron al estudio para grabar su álbum Beggars Banquet, con el que pretendían regresar a sus raíces de rhythm and blues después de haber experimentado con otros estilos musicales como el rock psicodélico y el country. Parte del proceso de grabación del disco fue registrado por Godard, quien basaría su película One plus One (más tarde llamada Simpatía por el Diablo) en la gestación, grabación y mezcla de la canción que abre el álbum, escrita por el líder de la agrupación, Mick Jagger, e interpretada por todos los integrantes originales de los Stones, incluyendo al guitarrista Brian Jones, quien un año después dejaría la banda debido a su comportamiento errático.

Los planos secuencia y tomas particulares que Tony Richmond, cinefotógrafo inglés empleado por Godard para este proyecto, realiza a lo largo y ancho del estudio de grabación —por el que deambula a placer sin que los miembros de la banda o el numeroso staff parezcan incomodarse— dan cuenta del ambiente a la vez armónico y desordenado que rodea este momento particular de la agrupación londinense, que cae en continuos errores de coordinación durante las sesiones. Provistas de una gran lucidez, estas secuencias documentales, a través de las cuales a menudo es posible percibir la mezcla de política (latente en las letras de Jagger) y actitud desenfadada en la que se funda el rock hippie de la época, son intercaladas con episodios de ficción en los que una serie de actores caracterizados de distintas maneras interpretan happenings metafóricos del agitado mundo político de su generación.

Probablemente el conjunto abigarrado de estos recursos narrativos nos parecerá inocente, gratuito e incluso pretensioso si optamos por juzgarlo desde la óptica de nuestro tiempo. Hoy, la idea de una revolución sensorial como la soñada por los jóvenes de finales de los sesenta parece haberse diluido en campo de lo llanamente panfletario a pesar de su innegable influencia profunda en el terreno de las dinámicas culturales. Encarnada en las formas de representación artística y cultural del mundo contemporáneo, la contracultura y su panteón sagrado, del que forman parte figuras sacralizadas como los Rolling Stones permanece en el imaginario urbano de nuestras sociedades.

Teniendo como leit motiv las sesiones de grabación del tema Sympathy for the Devil (Compasión por el Diablo) de los Rolling Stones (Mick Jagger, Keith Richards, Brian Jones, Bill Wyman y Charlie Watts) para el álbum Beggars Banquet, Godard conduce la cámara de manera serena mediante travellings auscultadores, que muestra a los Stones como verdaderos gurús del hippismo, muy relajados, inmersos dentro de un proceso creativo muy noble, que se desarrolla paralelamente a la violencia del tiempo que la canción se encarga de reseñar. Todo lo que vemos es un gran ensayo. Los Stones saben que tienen entre manos una lírica estupenda, pero no encuentran ni el tono ni el ritmo para los arreglos musicales finales. De manera que la canción evoluciona –de la mano del productor Jimmy Miller- desde los primeros planos, de un guitarreo y solfeo casual a una versión gospel bastante insólita. Hasta incorporar percusión africana y brasileña -verdadera columna vertebral del tema- al igual que los coros agudos de los miembros del grupo y sus correspondientes esposas.
Simpatía…fue compuesta por Mick Jagger, inspirado en la literatura rusa de fines de siglo XIX y comienzos del Siglo XX, que da cuenta del fin del régimen zarista y la irrupción del comunismo en la violenta Revolución de Octubre. La letra habla de una claudicación rebelde, de la presentación formal del demonio frente a la evidencia de un mundo agobiado por una serie de males como la Guerra de Vietnam, los movimientos revolucionarios y sus correspondientes represiones en París. Es curioso que una letra tan pesimista y tétrica haya sido encabalgada finalmente en un ritmo afro, de una vivacidad más que celebratoria del caos, reflexiva sobre el destino del hombre en un mundo con instituciones desprestigiadas.

En ese sentido las obsesiones de Jagger son las de Godard, quien claudica también y cede en su francofilia a favor de un referente británico y popular como los Rolling Stones. Es sabido que Godard desde sus días como crítico, sostenía un prejuicio hacia lo inglés y su cine especialmente. Sin embargo a través de la lectura de los textos en off en Sympathy for the Devil, que dan cuenta del estado de cosas en el mundo y de la necesidad de impulsar una revolución marxista leninista, Godard cae en la cuenta que es necesario contar con todos. Que el diablo debe estar del lado de los revolucionarios.

La película tiene numerosos centros de interés. En principio la canción de los Stones; simultáneamente la voz del narrador y las voces de los “Panteras Negras” en sus peroratas y diatribas. También la cámara que sigue a los actores en sus representaciones teatrales, en esas viñetas incrustadas entre ensayo y ensayo, y que presentan a guerrilleros urbanos, plastiqueurs, o a una inmigrante húngara, o a lectores de pulp fictions y comics.en una singular librería londinense, etc. Todo mostrado con unos colores muy firmes, con un tono enérgico, con un romanticismo febril.

Jean-Luc Godard probó que el cine podía ideologizarse y ser una suerte de ensayo-diatriba al servicio de la Revolución. Estoy seguro que muy poco tiempo después caería en la cuenta que los Rolling Stones no estaban interesados en participar de ella, sino solo en engordar sus cuentas bancarias, en seguir cultivando su imagen de artistas, en drogarse y en erotizarse en el escenario. El rock n´roll es esencialmente una experiencia lúdica, liberadora, que bajo ninguna hipótesis supone austeridad, oscurantismo, naturalezas sombrías, robotizadas o mínimas. Por el contrario se trata de una experiencia humanista, contemporánea y cálida.

El último plano, de la mujer ensangrentada y tendida sobre una grúa de filmación –al lado de dos banderas, una roja y una negra- es un presagio de lo que sobrevendría después: un cine politizado cada vez más alejado del espectador; y también un extraordinario punteo de guitarra a cargo de Brian Jones, quien moriría al poco tiempo, desplazado por el narcisismo de Mick Jagger.

Como instrumento de acción política Sympathy for the Devil es un instrumento poderoso. Como propuesta cinematográfica es una curiosidad ensayística. Godard y los Stones volverían cada uno a reinventarse y a mantener su presencia en la escena artística. Casi como nuevos. Como si hubieran hecho un pacto con el diablo.

No se trata de redimir la obra de Jean-Luc Godard, en la que sin lugar a dudas habitan un sinnúmero de contradicciones, sin embargo, su puesta en escena de un tiempo histórico en el que todo lo imaginable era considerado posible resulta fascinante para generaciones contemporáneas en las que el nihilismo y las contrainsurgencias mass-mediática y política han hecho bien su papel. Como las mismas utopías, el rock continúa siendo un ensueño. Allí, en medio del Mayo Revolucionario como testigo, la maldita incursión stoner del mítico genio francés se tornó leyenda. Una vez más, el diablo metió la cola.


Ficha de la pelìcula:

AÑO: 1968
DURACIÓN: 100 min.
PAÍS: UK.
DIRECTOR: Jean-Luc Godard
GUIÓN: Jean-Luc Godard.
MÚSICA: The Rolling Stones.
FOTOGRAFÍA: Anthony B. Richmond, Colin Corby.
ELENCO: Mick Jagger, Keith Richards, Brian Jones, Bill Wyman, Charlie Watts, Marianne Faithfull, Anita Pallenberg
PRODUCTORA: Cupid Productions.



Clip - trailer:




No hay comentarios:

Publicar un comentario