viernes, 3 de octubre de 2014

DOSSIER - HORACIO QUIROGA Y EL CINE: HISTORIAS DE CINEFILIA, LOCURA Y MUERTE









LA NATURALEZA DEL ARTE 
Y EL ESPECTRO LITERARIO





El cine es el fraude más lindo del mundo
(Jean-Luc Godard)
Quédense con la realidad
Este bajón, en que todo entra por el caño
Yo quiero vivir de verdad
Yo me quedo con el cine americano
(Paulo Leminski)




Horacio Quiroga fue un pionero de la crítica cinematográfica argentina allá por 1918, cuando comenzó a escribir en revistas como El Hogar y Caras y Caretas, y en el diario La Nación. Sus escritos son los de un visionario. Ferviente defensor del cinematógrafo (cuando muy pocos se atrevían), enamorado y crítico del cine americano (escribía odas a las divas del momento, y criticaba sin piedad la falta de originalidad de las tramas), no se privaba de criticar los títulos en español de los estrenos extranjeros, y llegó a analizar, rubro por rubro, el presupuesto de una película.       

En El Hogar, Caras y Caretas y Atlántida desde 1918 y en estas mismas páginas entre 1929 y 1931 publicó el autor de "Los desterrados" sus comentarios críticos y sus reflexiones en torno de un medio expresivo cuyos rasgos estéticos intentó delimitar, muchas veces a partir de sus afinidades y sus diferencias con el teatro. En esos trabajos estaba presente el riguroso crítico que solía fustigar a David W. Griffith, aplaudir a Thomas Ince, y reconocer las habilidades de Cecil B. de Mille; el que siempre se mostraba más admirador de Buster Keaton que de Chaplin; el que se detenía en las nuevas exigencias que el cine planteaba a sus intérpretes -a quienes aconsejaba sobria naturalidad porque "la pantalla es un simple, grande y luminoso espejo del alma"-; el que dedicaba encendidas páginas a exteriorizar su fascinación por las grandes estrellas: Mary Pickford, Billie Burke, las hermanas Gish, Bebe Daniels, Constance Talmadge, Marion Davis y, claro, Dorothy Phillips, personaje de uno de sus relatos fantásticos.

El reconocimiento de la decadencia de Griffith, por ejemplo, llama la atención por su sagacidad al analizar diversas puestas en escena. Su alimento usual es el cine americano y no podía ser de otra manera. Considera a los europeos como excesivamente teatrales. Desde sus primeros artículos comprende que el cine es un arte popular por excelencia, aunque no vacila en denostar al cine americano cuando repite fórmulas o encasilla actores. No es que no cometa errores: cree, por ejemplo, que los guionistas reciben el diez por ciento del presupuesto asignado a una película. Y, según él, éste es uno de los motivos por los que el cine argentino, en la práctica, carece de continuidad.

Este carácter vívido cuyos enigmas Quiroga se propone descifrar, pero a cuya fascinación parece simultáneamente someterse ingenuamente, es desde su punto de vista la característica definitiva del cine. Quiroga la encuentra nuevamente en la capacidad del cine para registrar paisajes naturales o urbanos. En su opinión, ésta es una cualidad decisiva del séptimo arte, precisamente porque contribuye a la naturalidad de sus imágenes :

"Nada comprueba mejor esto que la aceptación por parte del público de los filmes de novedades mundiales y de las llamadas cintas naturales. […] [Si] es cierto que el interés por los primeros puede atribuirse en parte a la simple curiosidad de ver personas y acontecimientos de relieve, en las cintas naturales de gran ambiente lo único que atrae, seduce y encanta es la certidumbre de que tal paisaje, tal piragua polinésica, tal caravana de rudos mineros son real y efectivamente cosas vivas, sin trucs de bambalinas ni tempestades de hojalata, sólo toleradas en gracia de una fuerte dosis de ilusión que los adultos están ya difícilmente en estado de rendir". (1997, 181-2)

Los elogios que Quiroga dedica al cine de David W. Griffith también se basan en su supuesto carácter vívido : Quiroga afirma que Griffith “descubrió los secretos por los cuales se llega en el cine a la representación de la vida misma.” (1997, 204) Mientras que esta valoración parece formulada desde el punto de vista ingenuo del espectador que aprecia la aparente falta de costura de la imagen fílmica, Quiroga también analiza algunos de los recursos narrativos mediante los cuales esa impresión de realidad es conseguida. Más aún, Quiroga arguye que el mérito de Griffith reside en haber tomado un préstamo fundamental de la literatura. Fue de esta última, según Quiroga, que el cineasta aprendió la eficacia del detalle sugerente y evocador, un recurso que adaptaría a la narración cinematográfica. Así, observa Quiroga, Griffith creó el detalle de una mano que deja caer un cigarrillo, como insinuación de una muerte ; o el de la rueda de un auto volcado que continúa girando suelta, como metonimia de un accidente ; la llave que gira dentro de una cerradura, como único foco de atención y disparador del suspenso ; los dedos que lentamente desatan los lazos de los zapatos, y repentinamente vuelven a atarlos, para dar a entender un cambio de planes.

En los artículos y ensayos recopilados en “Arte y lenguaje del cine” (2) Quiroga, un pionero del análisis cinematográfico, no utiliza el término “montaje” para sus disertaciones sobre la sucesión de las imágenes vistas en un filme sino los términos “espacio y tiempo”. Sus críticas abarcan el periodo que va de los años 1918 a 1931. En sus textos hace notar que admira a D. W. Griffith y su descubrimiento y uso del primer plano como medio para expresar un mayor y profundo dramatismo. Pondera el naciente cine de Hollywood pero lo señala como un medio utilizado con fines imperialistas por parte de los Estados Unidos. 

Hace ochenta años, en un tórrido verano bonaerense, Horacio Quiroga se cuestionaba acerca del fin del cine: agotamiento temático, falta de imaginación, abuso de adaptaciones de obras literarias para la pantalla, conspiraban con la industria más nueva del relato. En una nota de Caras y Caretas, firmada por el salteño con el seudónimo "El Esposo de D. Ph.", leemos:

"La producción de filmes está a punto de sucumbir por escasez de asuntos. El clamor es muy vivo en los centros manufactureros. En trece o catorce años de producción febril, no hay tema ni escenario que no haya sido utilizado en 100 cintas. ¿Estará, pues, agotada la creación artística en el cine?"

Quien recorra las veintiocho páginas de crítica cinematográfica que publicó Quiroga entre 1919 y 1922 en las revistas argentinas Caras y Caretas y Atlántida [y rescató Roberto Ibáñez en el único número de la Revista Fuentes, en 1961], puede imaginarse a este hombre tan opaco como transparente, sonreír, gesticular, aburrirse hasta el hartazgo o gozar con fruición de niño, en la oscuridad iluminada de las salas porteñas, contemplando las historias de amantes, policías, jueces, deportistas o vaqueros, mudos.

Durante esos años, Quiroga fue un disciplinado cronista de cine: concurría asiduamente a los estrenos, leía revistas especializadas, tomaba notas, escribía sus textos críticos de impronta impresionista, pero siempre munido de información sobre las vidas y cualidades de los artistas de moda, sobre los directores, sobre los modos de producción de la industria cinematográfica y las técnicas de rodaje. Asimismo, disfrutaba de las funciones privadas, para un reducido publico "especializado", en las que los términos de exhibición eran más favorables: 

"Aparte de la ventaja de ver los filmes tal como nos llegan, estas exhibiciones antes del estreno ofrecen una muy de tenerse en cuenta; y ella es la velocidad normal con que corren las películas. El tiempo no urge en estas exhibiciones; no hay programas excesivos que obligan a pasar en 45 minutos cintas que requieren una hora. Los movimientos tienen la lentitud o nerviosidad requeridas, sin esa velocidad epiléptica de los filmes en los salones, que ha concluido por hacernos perder la noción de la justa medida. Sólo dos remedios caben: restringir la extensión de los programas, o pasar las cintas en dos secciones. Podrá resultar muy caro; pero es el único modo de apreciar el real movimiento de una cinta, placer éste que hoy sólo puede encontrarse en las exhibiciones privadas."

 Quiroga, quien en algunos de sus relatos posteriores a los de Cuentos de amor, de locura y de muerte, había demostrado, en su universo de ficción narrativa, el gusto y las fascinación por el cine, opina y argumenta, en sus reseñas, a favor o en contra, con mayor o menor grado de empatía, sobre los productos de Hollywood, e incluso, acerca de algunas películas del cine francés. A veces sus notas cobran un carácter reflexivo: analiza ciertos tópicos del cine y desarrolla un discurso que no se desliga del humor. Es así, por ejemplo, que en la escritura del crítico de biógrafo todo es posible: el amor por la chica de la pantalla se justifica frente al amor por la costurerita de barrio o la joven que "pasó en tranvía".

"¿Por qué, pues, la profunda ola de amor por las estrellas mudas en que se ahoga y continúa ahogándose el alma masculina de las salas de cine? Por esto, y he aquí la razón: porque la hermosa chica que toma el tranvía se lleva con ella el tiempo que hubiéramos necesitado para adorarla. Fue nuestra estrella de Belén un solo segundo, y la adoración, ya a puerta de alma, se extinguió con su breve llama. Pero la estrella de cine nos entrega sostenidamente su encanto, nos tiende sin tasa de tiempo cuanto en ella es turbador: ojos, boca, frescura, sensibilidad arrobada y arranque pasional. Es nuestra, podemos admirarla, absorberla cuarenta y cinco minutos continuos."
  
Asimismo, la truculencia de algunas muertas violentas en el ambiente estelar de la California de entreguerras, emparentadas con rojas orgías y costumbres disipadas de los artistas y directores de antaño, motiva algunas reflexiones de Quiroga, autor de truculentas muertas violentas en su universo contado a través de treinta años [¿emparentado con la muerte que llamó insistente y violentamente a las puertas de sus más allegados?]: 

"En todo tiempo y ocasión, las hermosas suicidas y los alegres trasnochadores han surgido de los ambientes áureos: mundo de las finanzas, de la aristocracia, del arte mismo - cuando el arte ha logrado dorarse. En Hollywood, Santa Mónica y Los Ángeles, las estrellas del cine se divierten, queremos creerlo, y es agradable, clásico y fatal que lo hagan. Pero no es sensato atribuir a una sola casta lo que ha sido y es patrimonio de las gentes cuya fortuna -pasado un límite- desborda en violento chorro de monedas, risas y orgías. Orgías... Seguramente las ha habido o las habrá en Los Ángeles. Mas no con la frecuencia ponderada, ni mayores tampoco que las que la suerte puede depararnos tras cualquier recodo de la opulencia.

No atinamos a suponer por qué las gentes del cine, particularmente ellas, deben de sentirse dispuestas a la orgía. No hay acaso en todo esto otro motivo que el fastuoso miraje de juventud, belleza y opulencia atribuidas a las estrellas de Hollywood, miraje que la pantalla, con sus vivas escenas de ternura entre esas mismas estrellas, no consigue sino reforzar."
  
Como Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga creía en la necesidad de un cine nacional (argentino). "Toda actividad nacional de arte es como tal digna de atención, realice o no las esperanzas en ellas cifradas. Ya hemos manifestado nuestra opinión respecto del cine , como expresión de un nuevo y serio arte", afirmaba el salteño en el otoño de 1922. El autor de Ficciones, junto a Adolfo Bioy Casares, escribe y publica los libretos de Los orilleros y El paraíso de los creyentes. Quiroga escribe La Jangada, "bosquejo de filme con el argumento en grandes líneas, salvo algunas escenas detalladas y varias leyendas ya prontas".

Borges era adicto del western, género que salvó la épica "en un tiempo en que los poetas habían olvidado que la poesía empezó por la épica", y se encantaba contemplando las alocadas carreras de vaqueros, bandoleros y apaches acartonados. No obstante, acataba la convención y las condiciones de recepción, porque, como le confesó en 1984 a un periodista, "cuando yo era chico, el cinematógrafo tenía ciertas convenciones que todo el mundo aceptaba, y una convención aceptada deja de ser una convención. Por ejemplo, si lo que se veía era de color sepia, se entendía que era de día; pero si era verde, era de noche".

Quiroga escribe su libreto en clave misionera. Empero, cuando el mensú Cayé, fuera de sí, está curtiendo a rebencazos a Tomás Elsy, dueño del obraje, patrón de edad madura, quien atina a echar mano a la pistola, leemos: 

"[Cayé] Compadrea con él, resiste sus tiros, y lo baja al suelo de un rebencazo. Un cowboy se preocupa ante todo de quitar el revólver a su enemigo; un mensú, no."

Las historias del lejano Oeste fascinaron a muchas generaciones. Ya no. A Horacio Quiroga, crítico de cine, le molestaba la censura que impuso el gobierno francés en los tiempos de la Gran Guerra. Se prohibieron dos "de cowboy": 

"Se negó el visto bueno a un filme americano, género Far-West, porque el magistrado perdonaba por su cuenta y riesgo a un criminal arrepentido, y se prohibió otro filme porque el sheriff, durante un rato, quedaba burlado por los malhechores: a la policía no se la engaña jamás."*

Los artículos de Quiroga sobre cine concentran su atención en la especificidad de la ecuación entre naturalidad y artificio en el cine como medio y como arte. Dentro de este marco, sus comentarios también examinan la dimensión fantasmática del cine, que sitúa a este último como velo imaginario entre los seres vivos y su mortalidad. El objeto principal de atención de Quiroga es el cine de los Estados Unidos, que para la década de 1920 comenzaba a ganar predominio. Quiroga alternativamente elogia a ciertos actores y directores de Hollywood, y cuestiona severamente los resultados que arroja el criterio marcadamente comercial de esta industria. El escritor apenas si se refiere al cine europeo, y cuando lo hace –por ejemplo, en el caso de un breve comentario sobre El gabinete del Dr. Caligari– cuestiona lo que considera una falta de lenguaje cinematográfico de su parte : para Quiroga, el cine europeo se mantiene demasiado cerca de las técnicas narrativas del teatro. Los comentarios de Quiroga sobre cine generalmente anticipan –o son contemporáneos de– ideas que serán objeto de sus indagaciones literarias sobre el tema. 

El motivo más recurrente de sus reflexiones es el carácter altamente vívido de la representación cinematográfica, cuyo encanto a veces Quiroga celebra con una aparente credulidad que tal vez esconda en sus pliegues, como su objeto de admiración, una complejidad mayor que la inmediatamente visible. Es decir, sus comentarios oscilan entre un análisis crítico del artificio cuidadosamente pergeñado para hacer posible la naturalidad característica de la imagen cinematográfica, y un elogio, a primera vista "acrítico", de esta apariencia.**


Fuente: http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Ciancio/Quiroga.htm * Publicado originalmente en Insomnia, Nº 115 y  http://lirico.revues.org/396 ** Publicado originalmente en Cuaderno Lírico.




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